sábado, 11 de junio de 2011

NARRATIVA FICTICIA DEL TERREMOTO DE LA CIUDAD DE MÉXICO, 19 DE SEPTIEMBRE DE 1985.



 Mi  nombre es Eduardo, aunque me agrada que me llamen Lalo, vivo en la ciudad de México. Mi familia la integramos: Lupe mi hermana de siete años traviesa y alegre que siempre se le ve corriendo por cualquier parte de mi casa; mi mamá Cristina, algo baja de estatura, ligeramente robusta, pelo rizado y con un inconfundible lunar en el pómulo derecho; mi padre se llama Carlos, alto robusto, con un bigote bien alineado, se caracteriza por sus inigualables camisas al estilo chazarillas.

     Mi casa está en la calle J.J. Herrera, de la delegación Cuauhtémoc, en pleno corazón de la ciudad. Contamos con dos pisos dentro de los cuales hay cuatro recámaras: la de mis papás, mi hermana Lupe, la de huéspedes y por supuesto la mía.

     Cómo olvidar aquélla fecha de hace dos meses, para ser más preciso, el 19 de septiembre de este mismo año 1985; eran las 6:30 de la mañana cuando el despertador de plástico azul, con un dibujo del ratón Jerry, hizo su monótono riiiiiiinnnnn, riiiiiiinnnnn, riiiiiiinnnnn, mi cabeza aún pegada a la almohada, cual calcomanía de caricatura, apenas se despejaba en cámara lenta, trataba de cerrar nuevamente  mis ojos, cuando nuevamente, la particular voz de mi madre me decía “Lalo, es la última vez que te hablo, a la próxima te derramo medio vaso de agua en la cara, sabía que a esa hora, cuando mamá se llenaba de presión, no titubeaba en cumplir sus amenazas, por lo que decidí levantarme e irme a duchar; el agua al recorrer mi pequeño cuerpo me cubría cual nube de verano, tardé en asearme un poco más de lo acostumbrado, disfrutaba de mi placentero baño, cuando la voz firme y autoritaria de mamá, nuevamente se escuchó, “Lalo, tu hermanita está esperando a que salgas, para hacearse también”.

     Siempre he pensado que Lupe, por ser niña y con pocos años, es la preferida de mamá. Con el paso de los minutos, nos encontrábamos papá, mi hermana y yo, sentados alrededor del comedor color café y de forma circular, esperando  degustar el desayuno, que como cada mañana, mi madre Cristina nos prepara.

     Mi madre con su mandil multicolor, dando pasos acelerados, recorría de lado a lado de nosotros para acercarnos los diferentes productos del desayuno.

     Lupe, con la intención con la intención de que mamá me llamara la atención, empezó a decir:  “mamá, regaña a Lalo, me está hostigando” .

_¿Que te hace tu hermano?   _Está moviendo la mesa y mi silla al mismo tiempo y ya derramó un poco de mi jugo en la mesa.

     Mi madre, con los nervios en punta por el correr del tiempo y prepararnos para la partida al colegio, no reparó en darme mi ya acostumbrado sermón mañanero.
  
  Esa mañana  del jueves 19 de septiembre de1985, el regaño de mi madre hacia mí, iba a quedar grabado para siempre en mi mente; recuerdo sus palabras:  _”Lalo en que idioma quieres que te hable para que me entiendas y dejes de estar molestando a tu hermanita.
    
     Mi papá, quien hasta ese momento sólo se apresuraba a consumir sus alimentos, giró su mirada con un pánico e inmediatamente nos contagió a todos, y exclamó, _”Está temblando Cristina”, _ y con una voz imperativa que salió de sus labios  volvió a hablar _”Todos al suelo, está temblando”
    
     A mi corta edad, no daba crédito a lo que sucedía, me enteré después que el tiempo que duró el terremoto duró aproximadamente dos minutos,  que para mí se hicieron siglos.
    
     Al paso del tiempo de haber terminado el movimiento, nos encontrábamos debajo de una escalera de concreto, protegiéndonos de cualquier golpe.
     Esa mañana y otras más, dejamos de asistir a la escuela. Nunca olvidaré la escena que estaba frente a mis ojos, aquellos hermosos edificios que antes adornaban nuestro alrededor, ahora estaban convertidos en escombro.

     En mis oídos penetraban un caudal de sonidos de sirenas, claxon de automóviles, gritos, …

     Cómo olvidar esa amarga experiencia, del jueves 19 de septiembre de 1985.


PROFR. RODRIGO LÓPEZ HERNÁNDEZ.

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